La Quinta Bienaventuranza es el núcleo central de esta relación: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos conseguirán misericordia" (Mt 5, 7). Mientras que las anteriores describen actitudes interiores, ésta es la bienaventuranza de la acción. Es la única que promete recibir exactamente lo que se da: tener un corazón que se conmueve ante la miseria ajena y actúa para remediarlo.
Esta conexión sirve para establecer una economía de la gracia. Al practicar las obras de misericordia, el cristiano entrena su corazón para recibir la propia misericordia de Dios. Nuestra relación con el Creador está íntimamente ligada a cómo tratamos a sus hijos; si cerramos las entrañas al hermano, nos incapacitamos para recibir el perdón divino.
Conexión con las Obras de Misericordia
Esta bienaventuranza es la fuente y el resumen de las catorce obras, convirtiéndose en el mandato general que les da sentido.
Todas las Obras: Es el motor para alimentar, consolar o perdonar como estilo de vida permanente
Perdonar las injurias: La prueba de fuego donde imitamos a Dios para romper el pecado que hacen los otros hacia nosotros.
Rezar por vivos y difuntos: Un acto de amor puro que traspasa las fronteras de la muerte.
Compasión activa: Tener un corazón que se conmueve y actúa frente a la miseria ajena.