La Segunda bienaventuranza es: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (Mt 5, 4). Esta promesa no ensalza la tristeza por sí misma, sino el dolor que surge del arrepentimiento, de la compasión por el sufrimiento ajeno y del anhelo de Dios. Es la bienaventuranza de la empatía sagrada.
Sirve para transformar el sufrimiento en amor activo. Sin las obras de misericordia, el llanto puede volverse desesperación o aislamiento. La conexión con la obra de consolar al triste permite que el mismo dolor se convierta en una “escuela de misericordia”, donde el consuelo que recibimos de Dios lo transmitimos a los demás.
Conexión con las Obras de Misericordia
Esta bienaventuranza encuentra su canalización directa a las obras que buscan acompañar el dolor del prójimo y entrar en sus "valles de lágrimas".
Consolar al triste: Desarrollar una sensibilidad especial para compartir el peso del alma del hermano.
Enterrar a los difuntos: Acompañar el duelo transformando el llanto de la pérdida en una oración de confianza.
Visitar a los enfermos y presos: Salir de la propia comodidad para reconocer el rostro sufriendo de Jesús
Estar presente: No se trata sólo de dar palabras de ánimo, sino de compartir el sufrimiento del otro.