Este último mandamiento ataca la raíz de la injusticia: la envidia. Obliga a la sobriedad y al desprendimiento de las riquezas. La codicia es un deseo desordenado que genera amargura y conflictos sociales.
Al pedirnos que no deseemos aquello que el otro tiene, nos libera de la insatisfacción constante y del ansia de acumulación de bienes. Promueve la generosidad y la alegría por el bien del prójimo. Es el complemento del séptimo mandamiento; si curamos el deseo de posesión egoísta, las acciones de robo y fraude desaparecen por sí solas.
Su vecina acaba de comprarse el coche de lujo que Elena siempre ha soñado, y por un momento siente el pinchazo de la envidia y el resentimiento por no podérselo permitir.
Rápidamente, Elena hace un ejercicio de gratitud: se alegra sinceramente por el éxito de la vecina y valora las cosas que ella misma ya tiene. Al rechazar la codicia que nace de la comparación constante, Elena encuentra paz y cumple el precepto de no desear egoístamente lo que pertenece al otro, viviendo con sobriedad.